Con el viento la luna se difuminaba. El mar bravo convertía la sinuosa bandeja de plata que era el mar en una onda de fulgores y oscuridades. No recordaba un espectáculo más dantesco que el ayer, ni recuerdo haber sentido jamás la sensación de pequeñez que sentí en aquel momento.
Me había sentado a recordar todo aquello que había pasado el último año. Recordaba meses de abril, meses de septiembre, y auténticas lagunas de aguas estancadas en muchos de los días de lo que no tenía más que recordar que un vaso de agua y una pastilla. Inspiré profundamente aire buscando el salitre, buscando la idea, el momento y el instante en que recuperé la parte de la cordura que había dejado en los papeles que había perdido. Bajé la cabeza y una lagrimilla apenas perceptible recorrió mi cara, resbalando tímida por mi mejilla hasta llegar a la comisura de los labios. Amarga experiencia, salado sabor. Recuerdos a madre que yacían a cada segundo, en un segundo más lejano.
No hallé desconsuelo, supongo que siempre había tenido miedo a la soledad, y aunque me sentía rodeado de mucha gente, muchas veces, la mayoría de las veces, me sentía fuera de lugar. Perdido. Era una sensación que me perseguía y coqueteaba con ella. A veces sonreía, y otras veces, las más, dejaba pasar el tiempo con indiferencia.
Traté de esbozar una sonrisa cuando diferentes retratos de tiempos mejores fueron rescatados del pozo sin fondo de mi mente. Una cala, la playa, una cena, el mar, tus besos, los mios, tu lengua, tu cuerpo desnudo, tu historia, tus ojos, tu manos dibujando ochos que tumbados se convertían en un infinito al cuadrado, mi instinto animal, hacer el amor, dejarnos a medias y también llegar al final, ya saciados de lujuria y abrazos que partían en dos la espina dorsal.
Por Dios! Abandonadme ideas!! No me dejéis pensar!!! Solo quiero ser silencio!!!!
Y al final, tus mentiras, tu ira, tu negación, tu prospección en la lista de potenciales habitantes de tu edredón, arrojarte a los brazos de los extranjeros, cerrar tu alma, coser mis heridas, ignorar tus desplantes, perderte, perderte, perderte, perderte. Maldita ausencia!
Me levanté enjugando aquello que era salitre, o tal vez escasas lagrimillas. El mar saludó con sus manos de espuma, sonriendo. Debía enfrentarme al momento donde mi derrota en realidad no era más que mi más grande victoria. Esbocé otro infinito al cuadrado en el viento con mi dedo corazón y caminé, despacio, por el paseo marítimo de aquel pueblo de mi infancia. Trasnoché idealizando momentos que nunca habían llegado pero que lucharía por verlos llegar. Y gané, gané, gané. Gané la llave de mi celda, gané mi libertad.
En mi Ipod me sentía a ocho milímetros de todo. Y conmigo una sombra que jamás me podría abandonar.
TONO
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